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¿Cuál era mi sorpresa?

Publicado 23/12/2013

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Capítulo I

Este año Papá Nöel me dejó un precioso poni con el pelaje alazán y las crines blancas, en mi casa de Gloucester, al suroeste de Inglaterra, casi lindando con Gales.

Debido a mis 1,85 metros estatura (descalza) pude montarlo sin saltar, apenas sin esfuerzo, solo tuve que subir ligeramente mi pierna izquierda y asentarme cómodamente en su lomo.

Le di un suave toque para que trotase y al punto obedeció.

Yo iba incómoda porque me arrastraban los pies, iba dejando unos feos surcos en la hierba con las botas.

El poni no iba más cómodo que yo, de hecho, estaba nervioso y movía la cabeza de un lado a otro, como un péndulo, parecía como si algo, para mí invisible, le molestase.

Del trote y sin ninguna orden por mi parte, pasó al galope de manera desenfrenada.

Me fui poniendo nerviosa porque a mi derecha estaba el río Severn y mi poni iba a toda hostia hacia él.

Yo seguía dejando unas hendiduras tremendas en la tierra con mis botas y a veces se me quedaba atascado uno de mis pies.

Decidí encoger las piernas todo lo que pude de tal manera que mis rodillas casi rozaban mi cara.

Me empezaron a doler ambas rodillas y el culo, primero debido al galope del poni que iba, el muy hijo de puta, desenfrenado y después por las jodidas almorranas.

Yo le gritaba que parase y él empecinadamente galopaba hacia el río.

El dolor de mis posaderas era infernal y las almorranas me escocían que daba gusto.

Estaba tan desesperada que tuve tentaciones de tirarme a tierra en plena galopada, pero no tenía todas conmigo de que no me partiese el cuello, no debido a la alzada del equino, sino a la velocidad que podía alcanzar mi propio cuerpo debido a la inercia mecánica del mismo, unida a la velocidad del propio poni.

De repente el poni empezó a corcovear, no le era suficiente con galopar a toda leche y oscilar su cabezota, no, tenía que dar saltos y encorvar el lomo, parecía que estaba teniendo un ataque de epilepsia, lo cual me hizo preguntarme (no paro de hacerme preguntas aunque mi vida peligre), si los equinos tenían estos ataques, sé que los perros si pueden padecerlos, pero los caballos…no sé, me estoy yendo por las ramas y como este cabrón no frene, además de comerme unas cuantas, lo que me voy es al río de cabeza ¿Será cabrón?

Tiré de las bridas, pero no había manera de frenarle y seguía galopando como loco hacia el río.

Empecé a insultarle a grito pelado: "Hijo puta, cabrón, enano de los cojones, acémila, mala mula, mula parda, mala bestia"; ¡dios! si mi padre me oyese...

Mi cerebro no descansaba, al igual que el poni y me pregunté ¿a quién se le ocurrió la idea de regalarme un poni, si mido 1,85 m. de estatura?

Rememoré mis pasos esa mañana. Bajé a desayunar y ya estaba en el comedor de invierno mi madre, a la que di un beso de buenos días. Mi padre, seguramente, seguiría en la cama, desde que se retiró de la política no le gustaba madrugar. También estaba Bartholomew, el mayordomo, presto para servirme el desayuno, esperé a que me retirase la silla, le pedí solo huevos revueltos, tostadas, mermelada, zumo de pomelo y té, no me apetecía bacón.

Mi madre levantó la vista del Times y me preguntó si ya había visto los regalos, contesté que algunos de ellos y me dijo que me esperaba una sorpresa en el jardín.

Realmente es algo más que un jardín lo que rodea nuestra mansión, es un terreno de no sé cuantas hectáreas con pista de tenis, piscina, caballerizas, un pequeño campo de golf, un lago y no sigo que me agoto.

Terminé el desayuno y salí a buscar mi sorpresa. No vi nada y seguí caminando un trecho hasta que tropecé con el poni de lo cojones.

Me extrañó el regalo pero aún así, gilipollas de mí, monté en él.

Ya estoy temiéndome que el dichoso poni no fuera mi regalo, sino para mi sobrina Adele…

…¿Entonces, cuál era mi sorpresa?

 

Nieves Angulo

 

 

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