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Sobrevivir

Publicado 10/10/2014

Nieves Angulo, nangulo.es, relatos cortos, abnegación, trombosis, sillas de ruedas, aor, desamor, malos tratos, violencia de género, violencia machista, violencia doméstica.

 

Le había visto varias veces y me gustaba, nos saludábamos, intercambiábamos algunas frases pero nada más, corrían los años 70, me enteré por unos conocidos que era Marino Mercante.

Seguimos viéndonos y el día que murió el dictador, yo tenía 23 años, comenzó nuestra relación, cenamos, tomamos una copa en su apartamento, una cosa llevó a la otra y terminamos en la cama, yo no tenía ninguna experiencia, fue mi primera vez.

Nos casamos en menos de dos años.

Yo estaba loca por él, también creía que él lo estaba por mí, pero qué equivocación.

Nos fuimos a vivir a una casa a las afueras de la ciudad, con jardín, pero a mí entender excesivamente grande y aislada, hasta para hacer la compra había que utilizar el coche, menos mal que sabía conducir. La casa pertenecía a su familia y fue el regalo de boda.

Empezó poco a poco, primero una mala contestación, después una humillación, un poco más tarde avergonzarme delante de los amigos, de sus amigos más bien porque me fue apartando de los míos, diciendo cosas como: - ¡Cierra la boca que tú de esto no entiendes y calladita estás más guapa! Me convertí en el hazmerreír de la familia y los amigos.

Me planteé abandonarle, me sentía desilusionada totalmente y me cuestionaba si aún le quería.

Mi madre y mi suegra me dijeron que tenía que aguantar, que él era el hombre y yo vivía de su sueldo; Yo, tonta de mí, había dejado mi empleo, tenían razón.

Ayudaba un poco a la convivencia el hecho de que él viajaba mucho debido a su profesión y yo me fui dando cuenta que no le echaba de menos y que estaba mejor sola. Llevábamos dos años de matrimonio y vivía con este señor al que ya no quería, así es que tomé la decisión de hablar con él para decirle que quería trabajar, su contestación fue: - ¿Dónde vas tú con tu preparación? Ese día ya me dio el primer empujón y me retorció el brazo, no fue la última vez, ahí comenzó el maltrato físico, no era gran cosa, una bofetada de vez en cuando como para mostrarme quién mandaba en casa. Decidí deshacer el matrimonio.

No pudo ser, a los pocos días sufrió una trombosis que le dejó en un estado medio paralizado y yo me entregué a su cuidado.

Durante un tiempo tuve la ilusión de que mi matrimonio empezaría a ir bien pues él se mostraba muy cariñoso y agradecido. Yo me sentí de nuevo enamorada, llena de esperanzas. El fue mejorando gracias a los ejercicios que hacía con él para recuperar la movilidad,  hacíamos más o menos una vida normal. De vez en cuando él volvía a tener un carácter rudo conmigo, pero enseguida reculaba y volvía a ser cariñoso.

Me quedé embarazada de mi preciosa hija y mi vida continuó entre los cuidados a mi marido y la crianza de mi niña.

Tuvo otra trombosis, esta vez más fuerte, quedó bastante tocado y aunque tenía algo de funcionalidad ya había que estar con él constantemente.  Enseguida sufrió otros ataques que le mermaron la poca salud que tenía y tuvo que empezar a utilizar una silla de ruedas.

Al igual que su carácter se dulcificó con la primera trombosis, con la segunda se volvió irascible, irritable, odioso y yo de nuevo empecé a desear la separación, había momentos que deseaba su muerte. ¿Qué podía hacer? En efecto dependía de él y tenía un bebé, por otro lado mi corazón no me permitía abandonarle es ese estado, era totalmente dependiente.

En fin, tengo que ser breve y no extenderme más de lo necesario. Comenzó a tener ataques de epilepsia. Yo a mi vez vivía en un estado de sufrimiento e impotencia. Solo era feliz abrazando y cuidando de mi hija.

Cuando llegué a la cincuentena me encontré cuidando indiferente de un enfermo que ya apenas era un ser humano, ya no hablaba, no conocía a nadie, era dependiente totalmente, había que asearle, darle de comer, etcétera. A esas alturas ya no le deseaba  ni tan siquiera la muerte. Sentía siempre su mirada de odio clavada en mí., como si yo fuese la culpable de su desgracia y no él de la mía. Ya no le quería, pero no tenía fuerzas para abandonarle a su suerte en algún Centro de Asistencia hasta que muriera, si no moría yo antes. Me consideraba una mujer joven pero no salía  a la calle excepto para asuntos domésticos, tanto por falta de tiempo como por desgana. A veces, me obligaba a tomar un café rápido, un cigarrillo y un vistazo a la prensa y a casa. Solo vivía para un hombre que no me quiso ni me quería y al que yo no amaba desde hacía mucho tiempo, pero al que me sentía incapaz de abandonar.

Mi hija creció sin saber lo que era tener un padre. En los pocos momentos de lucidez que él tenía, la emprendía a gritos con mi hija y conmigo. Mi hija terminó por pasar de él, intentaba no cruzarse en su camino.

Pasaron los años y él murió, aunque parezca mentira, me quedé en estado de shock, porque con el paso de los años bloqueé mi mente y mi vida giró alrededor de él. No conocí otra manera de vivir, mi rutina consistía en levantarme, asearme, después asear a mi marido, tarea nada fácil porque era un peso muerto, preparar su desayuno y dejarle si hacía buen tiempo en el jardín y si llovía, en una parte de la casa donde viese el exterior y lo más cómodo posible. Después iba a despertar a mi hija, la arreglaba y desayunábamos juntas, después la llevaba hasta la puerta de casa donde paraba el bus escolar. Toda esta rutina  hasta que mi niña fue lo suficientemente mayor para valerse por sí misma. El resto de la jornada, tareas domésticas, ejercicios con mi marido, cambiarle el pañal y lavarle cuando se ensuciaba. Salía si había que hacer algo de compra y vuelta a empezar. Estaba sola y aislada.

A día de hoy, no coordino muy bien, mi hija está preocupada por si tengo alguna enfermedad  neurológica, yo creo que simplemente estoy perdida, no sé qué hacer con mi vida, porque no conozco otra forma de vivir.

No tengo un diagnóstico firme aún, pero lo cierto es que recuerdo nombres, sin embargo confundo hechos de mi vida, fechas y mezclo vivencias, descartan que padezca Alzheimer.

Quizá tardé mucho en tomar la decisión de separarme. Quizá si hubiese hecho caso a las recomendaciones que me hacían las personas cercanas a mí y le hubiese llevado a algún centro,  ahora no nos hubiésemos muerto, porque yo estoy tan muerta como él.

Mi hija que ya estaba emancipada, se ha tenido que venir a vivir conmigo, requiero cuidados y esto me entristece. ¿Arruinaré la vida de mi hija cómo su padre arruinó la mía? No quiero esta vida para mi hija, no la quiero.

Una querida amiga me dijo un día, discutiendo si debería o no ingresar a mi marido en algún Sanatorio especializado: “Ten en cuenta que por la caridad entra la peste”.

Ahora no me cabe la menor duda que es cierto, mi caridad me llevó a vivir en el centro de la peste más corrosiva.

 

 

Nieves Angulo

 

Se lo dedico a una mujer muy especial (no sabe ella cuanto) y a todas aquellas que viven una situación similar en el anonimato. Sois una fuente de inspiración.