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¿Mis padres me querían?

Publicado 06/10/2014

Nieves Angulo, nangulo.es, obesidad infantil, obesidad mórbida, nutrición, padres, anorexia, bulimia, relatos, escritura creativa, narración, endocrinologia.Nieves Angulo, nangulo.es, obesidad infantil, obesidad mórbida, nutrición, padres, anorexia, bulimia, relatos, escritura creativa, narración, endocrinologia.

Esta es la pregunta que llevo haciéndome desde hace años y que me hago ahora cuando estoy a punto de morir.

Sí, los médicos me desahucian, dicen que si yo no colaboro poco pueden hacer ellos.

Soy anoréxica  y bulímica desde mi adolescencia, ahora tengo 21 años y ningunas ganas de seguir viviendo.

Dicen que cuando te vas, que cuando mueres, la vida pasa ante ti. Mi vida lleva pasando ante mí desde el momento que tomé la decisión de dejar de comer.

Crecí oyendo a mi madre decir que era la niña más guapa del universo, que era preciosa y yo me lo creí ¿Quién no cree a su madre? Una madre no te miente, eso se da por hecho.

Sin embargo mis compañeros de colegio no opinaban igual, me llamaban gorda, me apartaban de sus juegos, no me invitaban a cumpleaños, en fin, que tuve muy pocos amigos, que yo recuerde dos niñas, casualmente igual de gordas que yo. Por supuesto no era amistad, simplemente nos hacíamos compañía.

A los 8 años empecé a mirarme en el espejo y a dudar de mi madre. Me veía a través de los ojos de mis compañeros de colegio, me veía gorda. ¿De verdad era la niña más guapa del universo, de verdad era preciosa? Lo que me devolvía el reflejo del espejo era una imagen que no parecía yo, no me identificaba con ese pequeño monstruo de cuerpo desfigurado debido a la obesidad mórbida y de cara hinchada por la gordura. Pero mi madre no podía mentirme ¿no?

Soy hija de separados y con los años he comprendido que mis padres, por conseguir su parcela de afecto, me daban todo lo que pedía si estaba a su alcance, con lo cual yo siempre me salía con la mía. Si iba a casa de papá, me atiborraba de todo aquello que me gustaba: Chuches, pastelería industrial, pizzas, perritos calientes, hamburguesas, patatas fritas, palomitas y un largo etcétera. Si estaba con mamá, ídem de ídem. No recuerdo haber llevado una alimentación sana, de hecho, ahora de adulta, no puedo comer verduras sin vomitar y no solo por la bulimia, sino porque me dan asco.

A los 8 años, como digo, me miraba y no me gustaba lo que veía y se lo decía a mamá. “Me llaman gorda y me miro al espejo y me veo así, mami, pero tú dices que soy preciosa”.  Mi madre: “No hagas caso, hija. En el mundo tiene que haber de todo, tú estás un poco más llenita, pero no importa, ya adelgazarás de forma natural, eres mi preciosa niña, la niña de mamá”.

Al cumplir los 10 años, ya no hacía deporte, me cansaba y no jugaba a nada que no fuesen juegos didácticos.

A los 12 años me bajó el periodo y mi cuerpo sufrió algunos cambios, pero seguía sin perder peso de “forma natural”, de hecho, seguía engordando. También cambié de colegio.

Si con 8 años los compañeros de clase me llamaban gorda, en el nuevo colegio simplemente no me miraban, me hicieron el vacío, no tuve ni un solo amigo y decidí acabar con mi gordura; porque no estaba “llenita” como decía mamá, estaba obesa y mi cuerpo no tenía formas, parecía un saco. Me pasaba el día llorando, pero no delante de mis padres.

Dejé de comer, sin más. Eso sí, hablé con mamá y la dije que no me trajese más comida basura a casa que yo por mi parte tampoco la probaría fuera.

Mamá obedeció y comenzó a traer más pescado, verduras y frutas, pero ya era tarde, no me gustaba casi nada de lo que traía, llevaba desde niña comiendo cosas apetitosas, pero grasientas y dulces en exceso.

De cara a mis padres comía, pero cuando terminaba me iba al váter y vomitaba. Como al rato tenía hambre, empecé a tomar barritas de las que sacian y era prácticamente de lo que me alimentaba. Granos en la cara, más llanto y soledad.

Llegó un momento que no me contentaba con vomitar, dejé de comer, así de simple. No tenía hambre y según me contaban perdía peso, estaba muy delgada, yo me veía igual de horrorosa y desde luego ni preciosa ni guapa. Sí me daba cuenta de la pérdida de pelo, a veces me quedaban mechones en las manos o en el cepillo al peinarme. Los dientes oscurecían y me dolían las encías. En fin, no sigo. Diagnóstico: Anorexia y bulimia.

Recuerdo mi vida entre la adolescencia y el inicio de la edad adulta viviendo en soledad, sin amigos, no quería amigos. Estudiando a duras penas para sacar lo justo y pasar al siguiente  curso, no quise ir a la universidad, aunque hubiese podido, tampoco quería trabajar, les pedí a mis padres algo de tiempo. Me ingresaron varias veces, pero yo seguía erre que erre, no quería comer. Me alimentaron sí o sí mediante sondas, no le deseo esto ni a mi peor enemigo.

Empecé a pasar de mis padres, sobre todo de mi madre, me había mentido desde mi infancia.

Ahora, al borde de la muerte, mi madre llora, mi padre también y yo les culpo a ellos por no frenar a tiempo mi obesidad, por consentir que comiese cosas nefastas, por engañarme y engañarse diciendo que era preciosa, cuando la realidad era lo contrario. Papá no me llamaba preciosa, ni guapa, pero le culpo igualmente por omisión y su pasividad.

Unos padres no aman más a sus hijos por consentirlos, todo lo contrario, harán de ellos personas con problemas, como es mi caso. Su deber, su muestra de amor, hubiese sido no llevarme a la obesidad y desde luego, frenarla, ser objetivos y no ciegos.

Quizá algún día les perdone, imagino que me quieren, pero su ayuda llegó tarde.

Analizando una vez más creo que me debo otra oportunidad, la que mis padres no me dieron. Me debo la oportunidad de amarme, de adelgazar de manera sana y ser feliz. Pero primero coger peso, es la prioridad.

Llamo al médico. Ya no quiero morir y sí colaborar. Sé que será duro, pero aún soy joven, aún tengo mucho que dar y que recibir.

Nieves Angulo

 

NOTA: Este relato es fruto de mi imaginación y ha sido inspirado por mi preocupación al ver la obesidad mórbida en una niña pequeña debida a la nefasta alimentación y no por otros problemas.