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A la caza del cabrón (Fragmento de mi novela pendiente de publicación)

Publicado 13/10/2014

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Una vez conseguido el domicilio del “cabrón”, me planté en una esquina de su calle, la más cercana posible a su portal.

Estuve días observándole, entradas, salidas, en fin, estudiando sus costumbres, que por cierto, las cambiaba poco, era un tipo bastante monótono.

Para que mi presencia no se le hiciese familiar, intercambiaba la vigilancia con otras dos compañeras y así, pasadas un par de semanas, tuvimos una idea bastante clara de la vida del “cerdo”.

Pude escoger el día para llevar a cabo mi misión. El mejor era sin duda el viernes y por la noche.

No obstante, aún así, tardé todavía otra semana más en preparar mi estrategia.

El viernes elegido, me arreglé con esmero, no soy lo que se dice guapa, pero soy atractiva y con un poco de maquillaje y la ropa adecuada, normalmente no hay tío que se me resista.

Como sabía dónde iba a estar él y la hora aproximada de su llegada, me dirigí ahí primero, para que me encontrase allí y no levantar sospechas.

Los viernes, después de cenar, se plantaba en un bar que solía transformarse en pub a partir de las 00:00 de la madrugada, se acodaba en la barra y tomaba un par de gin-tonic’s, lo dicho, era monótono y aburrido.

Cuando llegó ese viernes, yo ya me encontraba sentada en la barra, muy cerca de donde se sentaba él, era previsible hasta para eso, siempre en el mismo sitio, si no estaba ocupado.

Por supuesto no me quitaba los ojos de encima, pero como todos los de su calaña, era cobarde, así es que decidí darle un “empujoncito”.

-Qué noche más aburrida ¿verdad?...que poco ambiente-.

A partir de ahí todo fue como la seda, bebimos, charlamos y salimos juntos del bar, pero aún faltaba lo más importante, conseguir que él me invitase a su piso.

….Y subimos a su casa, un tercero sin ascensor, la vivienda era tétrica y olía a humedad, a viejo, como él, como el “bastardo”.

Me ofreció algo de beber y mientras se dirigía a la cocina, yo, muy despacio, fui sacando de mi bolso un pequeño abrecartas, me temblaban mucho las manos, tenía que calmarme, la puñalada tenía que ser certera y en el corazón, me habría encantado recrearme en su muerte, pero no había tiempo, tenía que ser algo rápido, me quedaba mucho trabajo por delante, mucha huella que borrar.

Salió con dos vasos en la mano, sonriendo y relamiéndose los labios, celebrando con su pobre imaginación la noche que iba a pasar conmigo...yo también me hubiese reído solo de pensar lo lejos que estaba él de adivinar lo que le esperaba, pero le odiaba demasiado para poder sonreír...

 

Nieves Angulo

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