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Una cita contigo

Publicado 23/09/2014

Nieves Angulo, nangulo.es, relatos, literatura, escritura creativa, madres, pena, amor, muerte.Nieves Angulo, nangulo.es, relatos, literatura, escritura creativa, madres, pena, amor, muerte.

Todos los 23 de septiembre, desde  2010, tengo una cita contigo a la que sé que no acudes,  al menos físicamente, pero a la que yo, empecinadamente, no falto.

Una vez más, he acudido a nuestra cita mamá.

Nuestra cita no es en ningún lugar.

Nuestra cita son estas líneas que escribo con los ojos lacrimosos, con las manos un poco temblorosas y que sé que no leerás, sin embargo a mí me ayudan a canalizar el dolor de no tenerte, me consuelan porque a través de mis recuerdos te vuelvo a tener aquí conmigo, cerquita, tan cerca que vuelvo a percibir tu olor y tengo la sensación del roce de tu piel y la suavidad de tus manos.

Todos los 23 de septiembre, desde 2010, cuando me siento frente al ordenador a escribir unas palabras como homenaje a ti, mamá, me digo lo mismo, si no lo va a leer, porqué escribes Nieves, porqué…sé la respuesta, es la mejor terapia que conozco para paliar un poco del dolor que me causó tu muerte.

Esta fecha es el día de tu fallecimiento, es el día en el que recibí, hace ahora 4 años, una terrible llamada de teléfono para comunicarme que habías muerto.

El último trimestre de 2010 fue tremendo para mí, se alargó todo el año 2011. No me explicaba de dónde salían tantas lágrimas, tanto sufrimiento. Te tenía presente a todas horas, olía las prendas que me traje conmigo y que un día te pertenecieron. Nunca me sentí tan cerca de ti como cuando tocaba una pastilla de jabón (que rapiñé del cajón de tu cómoda).

Con aquellos olores me asaltaban miles de recuerdos, miles de vivencias que compartimos.

Poco a poco dejé de recordarte a diario, de llorarte a diario. La vida es lo que tiene, que con el devenir del día a día y sus aconteceres, obligaciones y preocupaciones, hace que se  vayan desplazando otros sentimientos a lugares más recónditos del corazón, pero sin llegar al olvido, simplemente dan un pequeño respiro.

Con el paso del tiempo puedo recordarte de forma más objetiva, al principio solo me venían a la memoria tus bondades, tus risas y momentos estupendos. Hoy en día me asaltan todo tipo de instantes, también tus enfados, lo gruñona que eras a veces y las ocasiones en que no entendía tus cambios de humor.

Siempre me llamó la atención tu amor a la vida, las ganas que tenías de vivir, decías que querías vivir más allá de los 100 años. Tu vida no fue fácil ni fue siempre feliz, de hecho, todo lo contrario, dado que sufriste mucho, más allá de lo que muchos humanos soportarían. Recapacito y llego a la conclusión de si tu afán de asirte a la vida era realmente por deseo de vivir o por miedo a la muerte, nunca lo sabré porque nunca te hice la pregunta.

Por supuesto que ahora, en mi madurez y con más experiencia, entiendo muy bien tus cambios de humor, tu vida no fue precisamente un camino de rosas. Tres años en un hospital recién salida de la adolescencia y estrenada tu juventud, de los 19 años a los 21. Con la cabeza ida y peligro de perder una pierna.

Con unos pocos años más te ves casada y empiezan a venir hijos y más hijos, es decir, sin haber disfrutado de la energía y frescor de la vida, comienza tu etapa adulta, prematuramente adulta y llena de obligaciones.

Recuerdo los días que pasaste en casa, conmigo y con Ángel que te cuidamos mientras te recuperabas de la extracción de un tumor cerebral, que resultó ser benigno. No fueron fáciles esos días, no querías salir a la calle, tú, que eras tan callejera y zascandil. Decías que estabas fea, con la cabeza pelada y media cara torcida. Discutías con Ángel y conmigo, pero Ángel era más cabezón que tú y todas las tardes al atardecer, salíamos a dar un paseo por el barrio. Por las mañanas sí o sí, hacías tus ejercicios para fortalecer los músculos faciales y lo conseguiste, en apenas unos meses, tu cara volvía a ser la misma.

De hecho lo que me pregunto es cómo tenías ganas de reír, cómo no perdiste el humor.

Esta mañana, al despertar, el primer recuerdo ha sido tu imagen, enfrente del espejo (de aumento) que colocabas en tu coqueta. Te veía preparándote para tu paseo matinal, pintándote los labios, ya tenías un leve Parkinson y para perfilarlos de forma correcta, sujetabas hábilmente con la mano que aún no temblaba a la que temblaba, ese recuerdo me ha conducido a otro. Ambas sentadas en el sofá de tu casa, yo mirando tu perfil mientras tu mirabas la televisión para ver una película del Oeste y yo observando cómo tu cabecita oscilaba levemente y como me embargaba una emoción y una ternura que llegaba a ráfagas desde mi corazón y entonces te abrazaba y tú mirabas sin entender el porqué de ese arrebato y me devolvías el abrazo.

Y sin embargo, como ya he escrito, tenías anhelos de vivir hasta los 100 años…¡¡Uff, qué valor!!

Ahora, cuando termine de escribir estas líneas, retomaré mis quehaceres cotidianos. Dejaré de llorar y si acompaña el tiempo bajaré a la piscina y nadaré un poco, después trabajar y preparar algo para comer.

Hoy he acudido a nuestra cita y tú, ya estabas aquí.

 

 

Nieves Angulo