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En esta tierra cuca (fin)

Publicado 04/11/2013

 

Nieves Angulo, nangulo.es, relatos, guerra civil española, Madrid, Algemesi Valencia, Valencia, arrozales valencianos, naranjos valencianos, guerras, niños de la guerra, hambre, España, memoria histórica, familia.

A los 11 años ya sabía lo que significaba labrar la tierra, limpiar y preparar los arrozales, o sea, trabajar de sol a sol para ganarse la comida, él quería manducar.

Durante los tres años que  duró la guerra no supo nada de su padre ni sus hermanos.

Enfermó de tifus que le tuvo postrado en el camastro un tiempo, tuvo piojos pese a que se higienizaba, pero dormía en un palomar.

Jamás compartió la casa con la familia.

En esos años apenas vio a los amos de la Masía, pero a veces los veía montando a caballo en la lejanía mientras él estaba en los arrozales, se alimentó de arroz y naranjas, de vez en cuando un extra, conejo.

Allí, en ese pequeño pueblo valenciano poco o nada supo de la guerra, de vez en cuando oía murmurar a los mayores que enseguida cerraban la boca cuando le veían llegar.

Un día tal como llegó a Algemesí se fue. Carmen, que así se llamaba la mujer, le preparó un poco de pan y unas naranjas y comenzó el viaje de vuelta que fue una copia exacta del que hizo tres años antes. Esta vez no lloró.

Al bajar del tren en la estación de Atocha le esperaba una grata sorpresa, ahí estaba su padre, muy envejecido y no muy bien vestido. Le embargó una tristeza infinita ya que su padre siempre fue muy mirado en el vestir, muy elegante; corrió hacia él para abrazarle y de repente vio como unos hombres vestidos de paisano le cortaban el paso y esposaban a su padre. Luego supo que eran miembros de la Brigada Político-Social y acusaban a su progenitor de ser rojo. A partir de ese día su padre estuvo saliendo y entrando continuamente de la cárcel y él apenas supo de su existencia, tampoco olvidó nunca el dolor de ese día ni entendió el proceder de esos desalmados adultos que impidieron que abrazara a su padre y le abandonaron a su suerte en la estación de Atocha con apenas 13 años recién cumplidos.

Trabajosamente abandonó la estación de Atocha al cabo de unas horas, cuando se calmó un poco. Conocía al dedillo el barrio así es que enfiló la calle de Atocha hacia arriba y se encaminó a casa de su tía, en la suya no había nadie ni tenía llaves para entrar.

Su tía le recibió con mala cara, dijo que se tendría que apañar como pudiese y le preparó un camastro en un rincón del comedor, al rato sintió un beso en la espalda, se dio la vuelta y se encontró con su hermana pequeña a la que abrazó con ternura, estaba muy guapa y cambiada. Preguntó por su hermano y su otra hermana, nadie sabía nada de ellos. No les volvió a ver hasta muchos años después cuando ya era un hombre.

Trabajó duro y en muchos oficios, puesto que el taller perteneciente a su padre permanecía cerrado a cal y canto, hasta que terminó de camarero.

Aprendió a hacer cuentas de memoria, a convertir pesetas en reales a la velocidad del rayo.

En tiempos de la post guerra seguía escaseando el alimento en las ciudades así es que supo lo que era acostarse día tras día sin comer apenas y todas las noches sin cenar.

En el silencio de la noche oía pasos que trasegaban hacia la cocina y luego supo que su tía, el poco alimento que tenía, se lo daba a escondidas a su marido y sus hijos, pero nada a él y su hermana y eso que trabajaban de sol a sol, su hermana limpiando y él de camarero.

Un día cansado de esa falta de humanidad habló con tu tía y la dijo que: "O tenía todos los días un plato de comida en la mesa para su hermana y él o dejaban de entregar el salario y se marchaban". A partir de ese día comieron con la familia y la misma cantidad.

Con los años aprendió el significado de “paseíllo”, la mayoría de las veces debido a denuncias falsas movidas por la envidia y el rencor de infames parientes o amigos, dejó de ver vecinos o parroquianos de las tabernas donde trabajó.

Uno de los damnificados fue su padre. Nunca demostraron si era o no "rojo", pero cuando salía de la cárcel, cada día más deteriorado, volvían a encarcelarlo debido a una nueva denuncia. Su hermana y él sospechaban de un vecino de su antigua casa, que era sastre.

Ya de adulto sus sospechas se convirtieron en certeza, el vecino se quedó con la sastrería de su padre de manera fraudulenta. Nunca, ni él ni sus hermanos tuvieron oportunidad de reclamar lo que les pertenecía por derecho.

Supo lo que era adquirir alimentos de estraperlo y trabajó, trabajó incansablemente.

Tuvo noticias de sus hermanos, una trabajaba de doncella en una “buena casa” de Barcelona y otro como ayudante de electricista. No tuvieron muchas oportunidades de verse.

Se crió sin saber lo que era el amor fraternal y tampoco vio mucho a su padre, cuando salía de la cárcel se gastaba el poco dinero que ganaba de sastre y otros trabajos, en el juego. Cada vez se mermaba más físicamente, de hecho no recuperó nunca la salud, estuvo bastante enfermo hasta que murió.

Aprendió, no obstante, una lección que no olvidaría en su vida y era, que no había nada de cierto en la frase que le repetían una y otra vez en Algemesí como una letanía: “En esta tierra cuca, quien no trabaja, no manduca”, él trabajaba 18 horas diarias y sabía lo que era acostarse sin cenar y pasar días enteros con apenas un mendrugo de pan y por el contrario, muchos personas no trabajaban y no les faltaba el alimento en casa, así supo de las diferencias sociales, así supo de las mentiras y los engaños.

Nunca olvidó lo aprendido.

 

Nieves Angulo

 

 

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