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Adiós papá

Publicado 24/03/2016

Nieves Angulo, nangulo.es, amor, padre e hija, padres, Madrid, Callejón de Codo, Madrid, blog, post, relatos.

¡Feliz cumpleaños, papá!

Hoy ha sido un día especialmente triste, bueno, realmente lo fue el día que vi tu cadáver en el tanatorio, poco antes de tu cremación.

Posteriormente te eché mucho de menos el día de Nochevieja, cuando no te llamé para desearte un buen inicio de año…y hoy, como ya he escrito, cuando no he podido felicitarte por tu cumpleaños, es por eso que dejándome llevar por la tristeza, he decidido felicitarte a mi modo.

Que mejor manera de hacerlo que recordar los buenos momentos vividos contigo.

De los primeros que me vienen a la mente, rescato este, tú sentado en una silla de madera en el Paseo del Prado, con Elvira en un muslo y yo en el otro, a un lado de la silla y de pie, mamá y al otro lado Concha llevando de la mano a Paco, Rafael todavía no había nacido. De esta guisa posábamos para una fotografía de familia numerosa. Yo estaba algo enfadada y en la foto se me ve haciendo algún puchero, ya que mamá no me hizo las coletas que llevaba Elvira y es que mi pelo aún era corto, no daba para más. Aún así, mamá se apañó para hacerme un par de moñitos a cada lado y quedó un pelo la mar de aparente.

Otro de mis primeros recuerdos es de un día que fuimos a la Casa de Campo. Fuimos muchas veces, ya lo sé, pero este lo recuerdo en especial porque al volver a casa nos dimos cuenta que se habían perdido las llaves del portal, las tuyas, porque mamá se las dejó en casa.

Eran las tantas de la noche, regresábamos cansados, los más pequeños medio dormidos, tú cargabas conmigo y mamá con Rafael. Todavía había serenos en Madrid, así es que empezamos a llamar “Jesús, Jesús”, así se llamaba el sereno.

Como era verano, aunque era tarde todavía había muchos vecinos en la calle, de charla y tomando algo el fresco. Mientras llegaba Jesús para abrir el portal, mamá contaba a algunas vecinas como lo habíamos pasado de bien y como había jugado a la pelota y chutado el balón. Al contarlo con tanto realismo, dio una patada al aire y se cayó, se dio un fuerte golpe en la cabeza y nos asustamos mucho, sangraba un montón. Los más pequeños llorábamos a moco tendido y tú papá, no dabas abasto para atender a todos, a mamá y a nosotros que queríamos tus mimos y tu consuelo.

Siempre he pensado si el posterior tumor cerebral que padeció mamá no fue producto de ese gran golpe en la cabeza, cosas mías, ya sabes…

De tu mano fui un lunes por primera vez al Museo del Prado, contaba apenas 6 años y me enamoré perdidamente del arte. El Museo se convirtió casi en mi segunda casa.

Siendo adolescente guardo en la memoria la ilusión que me hacía que me fueseis a buscar al colegio el día que descansabas, siempre era de diario, pues trabajabas en hostelería y los domingos y festivos tenías que trabajar. Ese día comíamos fuera, en algún restaurante del barrio que fuese económico y luego paseábamos por las callejuelas del viejo Madrid.

Madrileño hasta “las trancas” y castizo, así eras tú.

Cómo nos reímos el día que fui a coger mi título oficial de secretaria de dirección, porque aunque estudiaba arte, de algo más inmediato había que comer. Lo recogí en el Callejón del Codo y aún conservo las fotografías que nos hicimos haciendo el gamberro y posando con un buen corte de mangas y enseñando los codos jaja.

Me decías que solo yo sabía sacar la parte gamberra de ti.

Sin embargo de ti yo saqué mucho más. La honradez, la facilidad de palabra, el humor inteligente. Cuantas mañanas escuchando por la radio a Gila, al Zorro, a Tip y Top y posteriormente Tip y Coll.

También me educaste el oído para la música clásica, te encantaba Strauss, Tchaikovsky, Bach y me contagiaste el amor a la lectura. Siempre que os imagino a mamá y a ti, os veo leyendo.

No voy a seguir, porque me estoy emocionando demasiado.

Ya siendo más mayor recuerdo cuando veníais a mi casa a comer los domingos, todavía vivía en Madrid, en la sierra, disfrutábamos mucho y fue uno de esos domingos cuando me contaste tus días de la guerra en Algemesí.  Aunque ya había escuchado esa historia, ese día tomé apuntes pensando en una posible novela, al final se quedó en un post repartido en dos capítulos y que titulé: “En esta tierra cuca”. Como llorabas al contármelo y como lloraba yo, vaya par de llorones.

Pero me quedo con las risas, que fueron muchas.

Viviste más de lo que deseabas porque los últimos años fueron terribles para ti, llorabas continuamente debido a la depresión que te causaba verte en silla de ruedas y apenas hablabas, cuando te llamaba por teléfono apenas me decías nada, solo te oía llorar y era lo más parecido a un suplicio.

Papá, ni tú ni yo creíamos en el más allá y aunque sé que esto no lo leerás porque ya no estás aquí conmigo, a mí me está valiendo para despedirme por fin de ti, no pude hacerlo cuando falleciste porque tú estabas en Madrid y yo en Alicante.

Este es mi modo de decirte adiós y de abrazarte.

Nieves Angulo ©