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Solo aspiro a seguir viviendo a mi manera

Publicado 24/02/2017

Nieves Angulo, nangulo.es, vida, testamento vital, enfermedad, amistad, muerte, esperanza, salud, vejez, juventud, tiempo, amor.

 

Según avanza mi tiempo vivido, mis años contados, observo que ya he vivido más que lo que me queda por vivir.

Me gustaría de aquí en adelante, volver a saborear más la vida; como si de un pastel que se va acabando se tratara y quisiera eternizar cada bocado para degustarlo con deleite hasta que apenas queden unas migajas y luego lamer mis labios para alargar el placer de su sabor.

No sé los años que me quedarán de vida, pero siento que no estoy para perder el tiempo en discusiones interminables que no me llevan a ningún lado, como no sea al aburrimiento.

Quiero dedicar mi existencia a hacer lo que me gusta: Escribir, leer, pintar, charlar con personas que me enseñen a reflexionar.

Mantendré a mi lado a personas que se ríen, al igual que hago yo, de ellos mismos y de sus fallos, porque sabemos que no somos perfectos, ni mucho menos.

Mantendré a mi lado a personas que saben pedir perdón sin sentir que se degradan por ello.

Mantendré a mi lado a personas que celebran el triunfo de los demás y por supuesto los suyos propios, sin ningún rubor.

Mantendré a mi lado a personas que caminan junto a mí, ni delante con soberbia, ni detrás con sumisión.

Es por ello que siento que no estoy para perder ni una hora con personas que no me aportan, todo lo contrario, me restan, porque no han crecido, porque no han evolucionado, porque son cerradas de mente...no, ni un minuto más de dedicación a ellas.

Tampoco voy a soportar a personas negativas, rencorosas, envidiosas, celosas y mucho menos falsas, que ocupan parte de su vida en manipular sentimientos con alabanzas que no sienten, para luego desacreditar de forma siniestra a “sus amigos”. Por no hablar de los vampiros que se van apoderando de las ideas, logros y talentos de terceras personas...¡Fuera, fuera!

Nunca valoramos suficiente el tiempo, la vida, hasta que vemos que vamos restando días para que finalice nuestro ciclo vital.

Hablar de felicidad cada vez me parece mas una falacia, puesto que la felicidad en sí, no existe. Aspiraré a sobrevivir día a día, intentando acaparar el mayor tiempo posible de buenos momentos.

Quiero tener más horas de risa que de llanto y si tengo que llorar, que sea de risa, de alegría.

Seguiré huyendo de ambientes ruidosos, de personas que gritan en vez de dialogar, porque creen que alzando la voz tienen más razón...¡Fuera, fuera!

No tengo miedo a la muerte, lo aseguro, pero sí a las enfermedades largas que te van restando capacidades físicas o mentales; con ese fin hace años hice un Testamento Vital, donde hago saber que no se me deje enchufada a ninguna máquina o se me aplique ningún tratamiento para alargar mi vida.

También me da pánico llegar a ser una persona dependiente.

No quiero vivir muchos años, creo que la vida se me haría eterna y por ende, aburrida.

Solo aspiro a seguir viviendo a mi manera.

Prefiero calidad a cantidad.

Nieves Angulo ©

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Adiós papá

Publicado 24/03/2016

Nieves Angulo, nangulo.es, amor, padre e hija, padres, Madrid, Callejón de Codo, Madrid, blog, post, relatos.

¡Feliz cumpleaños, papá!

Hoy ha sido un día especialmente triste, bueno, realmente lo fue el día que vi tu cadáver en el tanatorio, poco antes de tu cremación.

Posteriormente te eché mucho de menos el día de Nochevieja, cuando no te llamé para desearte un buen inicio de año…y hoy, como ya he escrito, cuando no he podido felicitarte por tu cumpleaños, es por eso que dejándome llevar por la tristeza, he decidido felicitarte a mi modo.

Que mejor manera de hacerlo que recordar los buenos momentos vividos contigo.

De los primeros que me vienen a la mente, rescato este, tú sentado en una silla de madera en el Paseo del Prado, con Elvira en un muslo y yo en el otro, a un lado de la silla y de pie, mamá y al otro lado Concha llevando de la mano a Paco, Rafael todavía no había nacido. De esta guisa posábamos para una fotografía de familia numerosa. Yo estaba algo enfadada y en la foto se me ve haciendo algún puchero, ya que mamá no me hizo las coletas que llevaba Elvira y es que mi pelo aún era corto, no daba para más. Aún así, mamá se apañó para hacerme un par de moñitos a cada lado y quedó un pelo la mar de aparente.

Otro de mis primeros recuerdos es de un día que fuimos a la Casa de Campo. Fuimos muchas veces, ya lo sé, pero este lo recuerdo en especial porque al volver a casa nos dimos cuenta que se habían perdido las llaves del portal, las tuyas, porque mamá se las dejó en casa.

Eran las tantas de la noche, regresábamos cansados, los más pequeños medio dormidos, tú cargabas conmigo y mamá con Rafael. Todavía había serenos en Madrid, así es que empezamos a llamar “Jesús, Jesús”, así se llamaba el sereno.

Como era verano, aunque era tarde todavía había muchos vecinos en la calle, de charla y tomando algo el fresco. Mientras llegaba Jesús para abrir el portal, mamá contaba a algunas vecinas como lo habíamos pasado de bien y como había jugado a la pelota y chutado el balón. Al contarlo con tanto realismo, dio una patada al aire y se cayó, se dio un fuerte golpe en la cabeza y nos asustamos mucho, sangraba un montón. Los más pequeños llorábamos a moco tendido y tú papá, no dabas abasto para atender a todos, a mamá y a nosotros que queríamos tus mimos y tu consuelo.

Siempre he pensado si el posterior tumor cerebral que padeció mamá no fue producto de ese gran golpe en la cabeza, cosas mías, ya sabes…

De tu mano fui un lunes por primera vez al Museo del Prado, contaba apenas 6 años y me enamoré perdidamente del arte. El Museo se convirtió casi en mi segunda casa.

Siendo adolescente guardo en la memoria la ilusión que me hacía que me fueseis a buscar al colegio el día que descansabas, siempre era de diario, pues trabajabas en hostelería y los domingos y festivos tenías que trabajar. Ese día comíamos fuera, en algún restaurante del barrio que fuese económico y luego paseábamos por las callejuelas del viejo Madrid.

Madrileño hasta “las trancas” y castizo, así eras tú.

Cómo nos reímos el día que fui a coger mi título oficial de secretaria de dirección, porque aunque estudiaba arte, de algo más inmediato había que comer. Lo recogí en el Callejón del Codo y aún conservo las fotografías que nos hicimos haciendo el gamberro y posando con un buen corte de mangas y enseñando los codos jaja.

Me decías que solo yo sabía sacar la parte gamberra de ti.

Sin embargo de ti yo saqué mucho más. La honradez, la facilidad de palabra, el humor inteligente. Cuantas mañanas escuchando por la radio a Gila, al Zorro, a Tip y Top y posteriormente Tip y Coll.

También me educaste el oído para la música clásica, te encantaba Strauss, Tchaikovsky, Bach y me contagiaste el amor a la lectura. Siempre que os imagino a mamá y a ti, os veo leyendo.

No voy a seguir, porque me estoy emocionando demasiado.

Ya siendo más mayor recuerdo cuando veníais a mi casa a comer los domingos, todavía vivía en Madrid, en la sierra, disfrutábamos mucho y fue uno de esos domingos cuando me contaste tus días de la guerra en Algemesí.  Aunque ya había escuchado esa historia, ese día tomé apuntes pensando en una posible novela, al final se quedó en un post repartido en dos capítulos y que titulé: “En esta tierra cuca”. Como llorabas al contármelo y como lloraba yo, vaya par de llorones.

Pero me quedo con las risas, que fueron muchas.

Viviste más de lo que deseabas porque los últimos años fueron terribles para ti, llorabas continuamente debido a la depresión que te causaba verte en silla de ruedas y apenas hablabas, cuando te llamaba por teléfono apenas me decías nada, solo te oía llorar y era lo más parecido a un suplicio.

Papá, ni tú ni yo creíamos en el más allá y aunque sé que esto no lo leerás porque ya no estás aquí conmigo, a mí me está valiendo para despedirme por fin de ti, no pude hacerlo cuando falleciste porque tú estabas en Madrid y yo en Alicante.

Este es mi modo de decirte adiós y de abrazarte.

Nieves Angulo ©

 

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En un día como hoy, hace muchos años

Publicado 24/02/2016

Nieves Angulo, nangulo.es, cumpleaños, Museo del Prado Madrid, Paseo del Prado Madrid, poliomielitis, polio, George Bernard Shaw, juventud, vejez, amor, pasión, humor.

Una servidora venía al mundo atada al cordón umbilical de Doña Concepción, ya experta, pese a su juventud, en el arte de parir. De hecho, tan experta era, como me contó en repetidas ocasiones, que no me parió, salí yo sola en la camilla que la llevaba al paritorio y creo que no me llegué a caer de dicha camilla, gracias al cordón que nos unía y a los rápidos reflejos de la comadrona, o sea, a mi no me parieron con dolor y esto siempre me lo ha agradecido mi madre (ayer 5 años y 5 meses de su fallecimiento).

Pese a que me vi afectada del virus de la poliomielitis a la temprana edad de 6 meses, virus que me acompaño empecinadamente hasta que cumplí los 6 añazos; como digo, pese a ello, tuve una infancia feliz o al menos así la recuerdo. Sin traumas ni complejos.

Por suerte este malévolo virus se contentó con afincarse exclusivamente en mi pierna izquierda y como me hicieron varias intervenciones quirúrgicas, ¡se jodió, porque lo frenaron!! Solo tengo una leve cojera.

A los cuatro años pisaba por primera vez el colegio, sito en el Paseo del Prado, Madrid. Hasta los 6 años tuve más absentismos (no deliberados, sino obligados), de los que me hubiese gustado, pero qué se le iba a hacer.

Siempre he sido algo gamberra. Reconozco que teniendo un arma de destrucción masiva como la que yo tenía, un aparato ortopédico que era un armatoste de acero y cuero, lo usaba a diestro y siniestro contra las compañeras, por ejemplo: poniendo la zancadilla a alguna que me cayese un poco “gorda” jejejeje, también la utilizaba para saltarme las clases de gimnasia. En el momento que el aparato desapareció, la gimnasia se arraigo en mi vida a modo de sesiones matinales, al final hasta me gustaba y se me daba bien, salto de plinto, finta por aquí, posturita por allá.

No guardo malos recuerdos de mis entradas y salidas hospitalarias, todo lo contrario, me recuerdo yendo por los amplios pasillos y entrando a todas las habitaciones a saludar o jugar con otras enfermas, seguro que también tendrían muchas horas de soledad, creo que por este motivo tuve que desarrollar la imaginación y desde luego la tengo a raudales.

Esta manía de entrar a saludar, me duró años y años, como ya no saludaba por los pasillos del hospital, lo hacía en mi calle. Cuando salía del colegio, iba de puerta en puerta de todas las tiendas, colmados o negocios saludando y abrazando a todo el mundo, sana costumbre que conservé hasta que llegó mi adolescencia; ya era casi una mujer y no podía abrazarme hasta a los postes telegráficos ¿no? Esto me decía mi madre, pero yo seguí abrazando a todo el mundo porque eran personas a las que quería y me querían desde que era apenas un bebé (que no se entere nadie).

¡¡Ay, los abrazos!! Como se han ido perdiendo estas costumbres, pienso que la gente ya no se abraza como antes o quizá esté equivocada por creerlo así...no sé. A mí me sigue gustando abrazar y besar, con razón de pequeña mis hermanos me llamaban “empalagosa y sobona”...bueno, pues vale.

No sé vosotros, pero a mí, si me dieran a elegir me quedaría entre los 30 y los 40 años. Físicamente todavía estás bien y el cerebro está maduro, en plena ebullición, salvo raras excepciones ¡claro! Pero hay que seguir cumpliendo, es el ciclo vital.

Como decía George Bernard Shaw, me parecen sabias e irónicas sus palabras: “La juventud es una enfermedad que se cura con los años” jajá. Yo, ya estoy curada.

Os diré ahora que no nos oye nadie, que no me siento vieja en absoluto. Físicamente tengo achaques y daños colaterales, más debidos a golpes, caídas y accidentes que a los causados por la propia edad.

Mentalmente me siento mejor que nunca, más experta y con una visión del mundo y la vida que me ayuda a tolerar el día a día.

En fin, no me enrollo más que tengo muchas cosas que hacer, entre otras, ponerme estupenda para celebrar este día.

Hoy mi deseo es seguir cumpliendo años, no es así todos los días, semanas, meses y años, hay días que me gustaría irme de este mundo de una vez por todas, sí, como lo leéis. Las personas que sepan de dolores insufribles a diario lo entenderán ¿o no?

Ya que estoy, deseo cumplirlos en la compañía de Ángel mi compinche del alma, mi confidente, mi compañero de vida, mi amigo y más, mucho más

Sobre todo deseo estar y seguir lúcida para disfrutar de estos cumpleaños.

Un brindis

 

Nieves Angulo

Fotografía: Mi bautizo. Soy el bebé que porta una señora estupenda en la izquierda de la imagen, no se me ve, estoy envuelta, muy envuelta. Hacía frío.

Enlace: Mi web

 

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Dentro de unos días

Publicado 19/02/2016

Nieves Angulo, nangulo.es, post, escritura creativa, blog, relatos, testamento vital, envejecer, experiencia, cosmética, láses, estética, jubilación.

 

Dentro de unos días cumplo un año más de vida o un año menos para finiquitar el ciclo vital que me acerca más a la muerte (según como se mire). La Parca se estará relamiendo de gusto.

Como cada año por estas fechas sufro una pequeña crisis llamada “arruguitis” y es que por ensalmo me descubro nuevos surcos que rodean mis ojos, mi boca…

Noto la piel menos tensa, más opaca y me hago el firme propósito de no mirarme al espejo ni para peinarme, ¡total! ya sé donde tengo el pelo y la cabeza, no me hace falta confirmar su ubicación frente al espejo.

También mis pechos caen unos milímetros más y mis nalgas van perdiendo su firmeza pese a las "panzadas" que me doy todos los años con la natación.

Noto reblandecidas las carnes en el interior de mis brazos y más colgantes ¡ay, qué desastre!

Y por supuesto al verme más cercana a la vejez empiezo a cuestionarme y analizar cosas en las que antes ni siquiera reparaba. ¿Dónde pasaré mi vejez? ¿Seré una persona dependiente debido a mi precaria salud?...

Afortunadamente esta crisis me dura poco ya que soy una mujer positiva y empiezo a lucubrar y dar la vuelta a todo, ya sabéis que el que no se contenta es porque no quiere.

Miro de nuevo mi rostro y me digo que sigue expresando mis años vividos que cada arruga que cada pliegue o surco, no son ni más ni menos que fruto de mis experiencias y la piel conserva la memoria.

No obstante llego a la conclusión de que debía haberme cuidado más, usar cremas y todo eso.

Me vuelve a dar optimismo el pensar que afortunadamente yo no vivo de mi físico, no me van a desahuciar para hacer películas por haber ido perdiendo lozanía y no aparentar ser una adolescente o joven, cuando ya estos ciclos están lejos.

Me regocijo porque mi mente está más lúcida que nunca y pienso que los años aunque envejecen el envoltorio, dan empaque al cerebro y me vuelvo a gustar y empiezo a ver las ventajas de cumplir años.

Gracias a las experiencias vividas, puedo escribir.

Gracias a mis dotes de observación, puedo escribir.

Gracias a la acumulación de amistades y mi fértil imaginación, puedo escribir.

Y la escritura, amigos míos, es uno de los mayores placeres que he experimentado en los últimos años y vuelvo a regocijarme.

Como mis manos siguen siendo firmes también puedo seguir pintando, otra de mis grandes pasiones, además de haber sido mi profesión durante muchos años y vuelven a ayudar los años vividos para este menester. Las pinceladas son menos dubitativas porque la firmeza de carácter se nota.

Sigo conservando la vista, no llevo gafas, no las necesito. Este detalle me vuelve a congratular porque así puedo seguir leyendo y leyendo, otra pasión que sustenta mi vida.

Y qué decir de la personalidad. Cada año transcurrido te da más firmeza al carácter y yo, que siempre he dicho lo que pienso, ahora tampoco me callo, pero he aprendido a decirlo de otras formas más sutiles, procurando no ofender y sobre todo con objetividad porque amigos míos, aunque algunos descerebrados lo piensen, nadie está en poder de la verdad absoluta, nadie, todo es debatible.

Vuelvo a sentirme positiva al pensar que aunque estoy enferma, de momento no me aqueja ningún mal que atente mi vida. Mis males son muy dolorosos, pero para qué están los analgésicos, pues a seguir tomándolos.

En fin, que un año más estoy contenta de cumplir y acumular sabiduría porque aprendo cada día algo nuevo y eso me encanta.

Además, por fin este año tengo hecho un Testamento Vital, después de algunos años empeñada en hacerlo, al final ya está. Mi complemente directo, o sea mi compañero de vida, también hizo el suyo. Por cierto, os aconsejo que lo hagáis.

Este próximo 24 de Febrero, levantaré mi copa y brindaré por todos los amigos que me han honrado con su amistad, respeto y cariño.

Brindaré también con mi hombre, el compañero que tengo desde hace casi 40 años.

 

¡Qué suerte tengo!

 

Nieves Angulo

 

Enlace: Testamento vital

 

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En el fondo, pocas bromas con ellos

Publicado 21/01/2016
 
 
Nieves Angulo, nangulo.es, felinos, gatos, bufido, arañazos, oscuridad, ojos, ojos felinos, ojos verdes, miedo, terror, relatos, cuentos, blog.
 
 
Cuando era niña, no me gustaban los gatos, me daban miedo.
La culpa era de un gato negro que vivía en mi edificio, pertenecía a la señora que vivía en la portería.
Normalmente le tenía encerrado, pero alguna vez deambulaba por el edificio, sobre todo por las noches.
Era negro, con unos ojos verdes claros maravillosos, casi transparentes que brillaban en la oscuridad como dos esmeraldas, daba escalofríos verlos ahí, en medio de la escalera, solo los ojos, el resto del cuerpo, hasta que no encendías la luz del portal, no existía.
Muchas veces se me tiró encima, algún que otro arañazo me llevé en las piernas y los brazos; mis hermanos también fueron damnificados, también le temían.
Se llamaba "titi".
En invierno como anochecía pronto, no me atrevía a entrar en el portal por si de repente aparecían como de la nada ese par de ojos ya que sabía que no venían solos, venían acompañando a un cuerpo elegante, armonioso y con unas pequeñas garras que contenían unas uñas muy afiladas.
Mirar ese par de ojos y escuchar su bufido en medio de la oscuridad, os aseguro que no se olvida fácilmente.
A veces esperaba pacientemente en la calle a que llegara un vecino adulto y encendiese la luz, me pegaba al morador y subíamos juntos las escaleras.
Las más de las veces, hacía de tripas corazón y recuerdo que si veía al “titi” en el portal, subía las escaleras a toda velocidad, despavorida y no descansaba hasta llegar a la puerta de mi piso, toda una hazaña tratándose de un quinto sin ascensor.
En esa carrera infernal a contrarreloj, era cuando el gato aprovechaba para lanzarse encima y emprenderla a arañazos, yo llamaba a la portera y a veces salía y regañaba al felino y otras veces pasaba olímpicamente.
Ahora veo a los gatos como lo que son, como bellos animales de compañía.
Ya no les temo.
Aunque en el fondo...pocas bromas con ellos, sigo manteniendo una prudente distancia, no vaya a ser…

Nieves Angulo

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Emociones

Publicado 05/01/2015

 

Nieves Angulo, nangulo.es, Bee Gees, fiebre del sabado noche, grease, juventud, adolescencia, música, discos vinillos, emoción.

Me he levantado como cada mañana y después de tomarme un café, no sé por qué, he sacado del baúl de los recuerdos de “You tube”, las primeras canciones del grupo Bee Gees, magníficas y éxito asegurado en las listas musicales del mundo, cada vez que sacaban un vinilo de 45 rpm.

Este acto tan simple, ha sido el inspirador del post de hoy y mientras lo escribo, párrafo a párrafo, recuerdo a recuerdo, voy oyendo las canciones de este grupo tan ligado a mi infancia y adolescencia.

No he podido remediar o tal vez no he querido remediarlo, el ponerme nostálgica, han surgido como por ensalmo recuerdos del pasado; cuando los domingos por la mañana, mientras ayudábamos a mi madre a recoger y limpiar nuestra pequeña casa, poníamos el tocadiscos, regalo de “Reyes” que nos hicieron nuestros padres; me imagino, que consideraban que lo merecíamos y de paso ellos, también lo disfrutaban, les encantaba la música.

Normalmente, no comprábamos el LP de ningún grupo o cantante, a veces no nos gustaban todas las canciones que contenía el disco y no estábamos para tirar el poco dinero que teníamos; entonces recurríamos a los vinilos de 45 rpm que traía dos canciones.

Los domingos por la mañana mi casa era una fiesta, menos mi padre, que trabajaba, estábamos todos en casa.

En el edificio donde se encontraba mi piso, había una tahona, de hecho el edificio pertenecía a los dueños de la panadería. El domingo que coincidía con primero de mes, desayunábamos más caprichosamente; éramos cinco hermanos y echábamos a suerte, quién bajaba los cinco pisos corriendo, a por ensaimadas recién hechas, o suizos, o cualquier bollo y lo tomábamos con leche fresca, ya fuese invierno o verano, la leche tenía que estar fría, sino, no nos gustaba a ninguno. Este era uno de los pocos gustos que teníamos en común, cinco hermanos y todos muy distintos.

Después del desayuno como ya he dicho, zafarrancho en la casa, escuchando a The Bee Gees u otro grupo o cantante cualquiera y mis hermanas y yo, cantando sus canciones a voz en grito en un inglés incomprensible,  luego, mientras mi madre hacía la comida, nos íbamos a la calle hasta la hora de comer, eso sí, cada uno por su lado, cada cual con sus amistades.

The Bee Gees me acompañaron en mi infancia y durante los primeros años de mi adolescencia.

Bailando lentito sus canciones, me enamoré infinidad de veces, sentí los primeros labios extraños en los míos y las primeras caricias tímidas, de otro adolescente tan avergonzado como yo, por estas novedades de los sentidos.

Antiguamente los discos estaban en las listas de éxitos mucho tiempo. También se daba la circunstancia de que una canción alcanzaba el éxito en EEUU, por ejemplo, un año y el disco, no se publicaba en España, al menos hasta dos años después de ser un boom en otros países.

Como la música siempre ha sido una de mis pasiones, iba a la búsqueda de emisoras de radio, donde pusiesen éxitos extranjeros, era fenomenal, a veces oía canciones que nunca se publicaban en España. Había una emisora, que era mi preferida, dónde te informaban de tiendas de discos en las que se vendía música de ediciones limitadas, es decir, cuando se acabasen esos discos, no se encontrarían más en el país; gracias a esta emisora, me hice con una discografía que posiblemente hoy, algún coleccionista “mataría” por tener.

Nunca me gustaron los 40 principales a día de hoy, tampoco.

Hoy mis ojos se han humedecido un poco, embargados por los recuerdos y la nostalgia, aquí estoy, con mi depresión crónica, llora que te llora.

Mi madre, de nuevo, como cada día, ha estado presente en ellos.

Las viejas canciones de este grupo me han traído; sabores, a bollería recién horneada, de desayunos dominicales, a panecillos tiernos, para la merienda; olores, a tortilla de patatas, con un toque de cebolla, recién hecha, pimientos, cocido madrileño y sobre todo recuerdos familiares e inocentes, de cuando las únicas lágrimas vertidas, se debían a la emoción de escuchar una canción de The Bee Gees o de cualquier otro artista, a alguna regañina por parte de mis padres o profesores por mi mal comportamiento, a carreras por el pasillo de casa, con mis muletas y el pesado aparato ortopédico que abrazaba mi pierna izquierda...son, en fin, tantos y tantos recuerdos.

Hoy, tantos años después, he vuelto a escuchar a The Bee Gees y he vuelto a llorar silenciosamente con sus canciones, más bien, por el sonido de sus voces e instrumentos; porque mi inglés, sigue siendo una asignatura pendiente, que creo que seguirá pendiente por los siglos de los siglos.

Hoy, he vuelto a ser una niña feliz.

 

Nieves Angulo

Enlace: Kilburn Towers-Gee Gees

 

Una cita contigo

Publicado 23/09/2014

Nieves Angulo, nangulo.es, relatos, literatura, escritura creativa, madres, pena, amor, muerte.Nieves Angulo, nangulo.es, relatos, literatura, escritura creativa, madres, pena, amor, muerte.

Todos los 23 de septiembre, desde  2010, tengo una cita contigo a la que sé que no acudes,  al menos físicamente, pero a la que yo, empecinadamente, no falto.

Una vez más, he acudido a nuestra cita mamá.

Nuestra cita no es en ningún lugar.

Nuestra cita son estas líneas que escribo con los ojos lacrimosos, con las manos un poco temblorosas y que sé que no leerás, sin embargo a mí me ayudan a canalizar el dolor de no tenerte, me consuelan porque a través de mis recuerdos te vuelvo a tener aquí conmigo, cerquita, tan cerca que vuelvo a percibir tu olor y tengo la sensación del roce de tu piel y la suavidad de tus manos.

Todos los 23 de septiembre, desde 2010, cuando me siento frente al ordenador a escribir unas palabras como homenaje a ti, mamá, me digo lo mismo, si no lo va a leer, porqué escribes Nieves, porqué…sé la respuesta, es la mejor terapia que conozco para paliar un poco del dolor que me causó tu muerte.

Esta fecha es el día de tu fallecimiento, es el día en el que recibí, hace ahora 4 años, una terrible llamada de teléfono para comunicarme que habías muerto.

El último trimestre de 2010 fue tremendo para mí, se alargó todo el año 2011. No me explicaba de dónde salían tantas lágrimas, tanto sufrimiento. Te tenía presente a todas horas, olía las prendas que me traje conmigo y que un día te pertenecieron. Nunca me sentí tan cerca de ti como cuando tocaba una pastilla de jabón (que rapiñé del cajón de tu cómoda).

Con aquellos olores me asaltaban miles de recuerdos, miles de vivencias que compartimos.

Poco a poco dejé de recordarte a diario, de llorarte a diario. La vida es lo que tiene, que con el devenir del día a día y sus aconteceres, obligaciones y preocupaciones, hace que se  vayan desplazando otros sentimientos a lugares más recónditos del corazón, pero sin llegar al olvido, simplemente dan un pequeño respiro.

Con el paso del tiempo puedo recordarte de forma más objetiva, al principio solo me venían a la memoria tus bondades, tus risas y momentos estupendos. Hoy en día me asaltan todo tipo de instantes, también tus enfados, lo gruñona que eras a veces y las ocasiones en que no entendía tus cambios de humor.

Siempre me llamó la atención tu amor a la vida, las ganas que tenías de vivir, decías que querías vivir más allá de los 100 años. Tu vida no fue fácil ni fue siempre feliz, de hecho, todo lo contrario, dado que sufriste mucho, más allá de lo que muchos humanos soportarían. Recapacito y llego a la conclusión de si tu afán de asirte a la vida era realmente por deseo de vivir o por miedo a la muerte, nunca lo sabré porque nunca te hice la pregunta.

Por supuesto que ahora, en mi madurez y con más experiencia, entiendo muy bien tus cambios de humor, tu vida no fue precisamente un camino de rosas. Tres años en un hospital recién salida de la adolescencia y estrenada tu juventud, de los 19 años a los 21. Con la cabeza ida y peligro de perder una pierna.

Con unos pocos años más te ves casada y empiezan a venir hijos y más hijos, es decir, sin haber disfrutado de la energía y frescor de la vida, comienza tu etapa adulta, prematuramente adulta y llena de obligaciones.

Recuerdo los días que pasaste en casa, conmigo y con Ángel que te cuidamos mientras te recuperabas de la extracción de un tumor cerebral, que resultó ser benigno. No fueron fáciles esos días, no querías salir a la calle, tú, que eras tan callejera y zascandil. Decías que estabas fea, con la cabeza pelada y media cara torcida. Discutías con Ángel y conmigo, pero Ángel era más cabezón que tú y todas las tardes al atardecer, salíamos a dar un paseo por el barrio. Por las mañanas sí o sí, hacías tus ejercicios para fortalecer los músculos faciales y lo conseguiste, en apenas unos meses, tu cara volvía a ser la misma.

De hecho lo que me pregunto es cómo tenías ganas de reír, cómo no perdiste el humor.

Esta mañana, al despertar, el primer recuerdo ha sido tu imagen, enfrente del espejo (de aumento) que colocabas en tu coqueta. Te veía preparándote para tu paseo matinal, pintándote los labios, ya tenías un leve Parkinson y para perfilarlos de forma correcta, sujetabas hábilmente con la mano que aún no temblaba a la que temblaba, ese recuerdo me ha conducido a otro. Ambas sentadas en el sofá de tu casa, yo mirando tu perfil mientras tu mirabas la televisión para ver una película del Oeste y yo observando cómo tu cabecita oscilaba levemente y como me embargaba una emoción y una ternura que llegaba a ráfagas desde mi corazón y entonces te abrazaba y tú mirabas sin entender el porqué de ese arrebato y me devolvías el abrazo.

Y sin embargo, como ya he escrito, tenías anhelos de vivir hasta los 100 años…¡¡Uff, qué valor!!

Ahora, cuando termine de escribir estas líneas, retomaré mis quehaceres cotidianos. Dejaré de llorar y si acompaña el tiempo bajaré a la piscina y nadaré un poco, después trabajar y preparar algo para comer.

Hoy he acudido a nuestra cita y tú, ya estabas aquí.

 

 

Nieves Angulo

 

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Adiós, 2013, adiós

Publicado 30/12/2013

 

Nieves Angulo, nangulo.es, brindis. adios 2013, bienvenido 2014, amistad, amigos, politica, sufrir, maldad.Haciendo balance de este año que culmina en unas horas, la conclusión a la que llego es que estoy deseando que acabe de una vez por todas.

Celebraré el término de 2013 y celebraré también el comienzo de 2014 y lo haré con un amplio abanico de sentimientos, que van desde el gozo que siento al perder de vista un año nefasto, hasta la esperanza por los acontecimientos que me deparará el año que está por llegar, sin dejar de lado el desafío que entrañan los retos diarios. Pero no dejo de pensar lo agotador y decepcionante que es cuando no ves resultados positivos tras tu lucha.

Estos dos días de festejo son los únicos que celebro desde hace años, pero he de reconocer que cada año que pasa la celebración está menos cargada de ilusión y es mucho más forzada y quizá nada espontánea.

Brindaré con mi compañero de vida pero de una manera un tanto autómata, como siguiendo un guión muy bien aprendido que declamas sin ninguna pasión.

Brindaré por la desaparición de 2013, un año que me ha traído muchos malos momentos y pocos, pero que muy pocos, agradables.

Brindaré deseando que el año que comienza nos vaya mejor en todos los sentidos ¿pero no es esto por lo que brindamos todos?

Lamentablemente los brindis los realizaré sin creer, pues según voy cumpliendo años me vuelvo más incrédula. Hace mucho que dejé de creer con facilidad y a la ligera.

La experiencia en la vida, el conocimiento sobre la raza humana y su comportamiento son en parte culpables de esta incredulidad que me acompaña en mi día a día como si de un apéndice de mi cuerpo se tratara.

Espero no pareceros muy cínica con mis divagaciones.

Intentaré pasarlo bien, intentaré sonreír aunque tenga muy pocos motivos para hacerlo y se me haga harto difícil que se dibuje en mis labios un atisbo de sonrisa y casi una misión imposible que esa sonrisa asome a mis ojos.

Ay, los ojos, ese órgano que tanto dice de uno mismo y que reflejan además de luz, unos sentimientos que apenas se pueden disimular y que normalmente, no engañan, no, los ojos, nunca engañan, aunque nos creamos que somos maestros del disimulo, los ojos están ahí, para mostrar, sin encubrimientos, nuestro estado real.

Muchos de vosotros al leer estas palabras os diréis pues claro que tiene motivos para sonreír, está viva. Para esto tengo una respuesta que no escribiré porque no creo que os guste.

Entre las cosas buenas que me deja el año 2013, se cuenta el haber ganado una demanda a la Seguridad Social. Se cuenta el haber conocido a través de las Redes Sociales a gente estupenda, de pata negra y que si no hubiese sido por este maravilloso invento, jamás hubiese podido compartir, risas, emociones y sentimientos con amigos de Brasil, México, Perú, Colombia, Argentina, Uruguay y otros países del Hemisferio Sur. Se cuenta el haber podido ir a ver a mi padre al que llevaba casi tres años sin ver por falta de dinero, si amigos, imposibilidad de pagar un viaje en avión, tren o autobús. Precisamente, gracias a ganar la demanda pude financiarme ese viaje para poder besar y abrazar a mi padre, por fin. Se cuenta el poder seguir teniendo esas maravillosas musas que hacen posible que pueda desahogarme por medio de la escritura, que pueda canalizar mis sentimientos y porqué no, mi arte. Gracias a esas musas inspiradoras podéis leer las palabras que hoy plasmo sobre una hoja en blanco.

Las cosas nefastas que han dejado huella en mis sentimientos en 2013 son muy tristes de contar. Sigo con una salud precaria agravada por lo que dicen ser una tendinitis que me acompaña cual mascota fiel desde Julio. Sigo sin poder pintar, en parte debido a mi salud, mejor dicho, a la falta de ella y en parte porque las musas pictóricas si que se han esfumado, al menos y así lo deseo, momentáneamente. Sigo con poco trabajo y fatalmente remunerado. Por supuesto de la palabra empleo me olvido, nadie me contratará y según vaya cumpliendo años, menos ocasión habrá para que esto ocurra. Sigo sin cobrar el dinero que me adeuda desde hace muchos años el Ayuntamiento de Vigo. Sigo con mucho dolor en el corazón por diversos motivos que me guardo para mí.

Reservaré un brindis por los amigos, por las buenas gentes que todavía quedan y por supuesto por vosotros queridos lectores, para que 2014 sea un poco mejor que el año que se aleja inexorablemente y se cumplan algunos de vuestros deseos.

 

Nieves Angulo

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En esta tierra cuca (fin)

Publicado 04/11/2013

 

Nieves Angulo, nangulo.es, relatos, guerra civil española, Madrid, Algemesi Valencia, Valencia, arrozales valencianos, naranjos valencianos, guerras, niños de la guerra, hambre, España, memoria histórica, familia.

A los 11 años ya sabía lo que significaba labrar la tierra, limpiar y preparar los arrozales, o sea, trabajar de sol a sol para ganarse la comida, él quería manducar.

Durante los tres años que  duró la guerra no supo nada de su padre ni sus hermanos.

Enfermó de tifus que le tuvo postrado en el camastro un tiempo, tuvo piojos pese a que se higienizaba, pero dormía en un palomar.

Jamás compartió la casa con la familia.

En esos años apenas vio a los amos de la Masía, pero a veces los veía montando a caballo en la lejanía mientras él estaba en los arrozales, se alimentó de arroz y naranjas, de vez en cuando un extra, conejo.

Allí, en ese pequeño pueblo valenciano poco o nada supo de la guerra, de vez en cuando oía murmurar a los mayores que enseguida cerraban la boca cuando le veían llegar.

Un día tal como llegó a Algemesí se fue. Carmen, que así se llamaba la mujer, le preparó un poco de pan y unas naranjas y comenzó el viaje de vuelta que fue una copia exacta del que hizo tres años antes. Esta vez no lloró.

Al bajar del tren en la estación de Atocha le esperaba una grata sorpresa, ahí estaba su padre, muy envejecido y no muy bien vestido. Le embargó una tristeza infinita ya que su padre siempre fue muy mirado en el vestir, muy elegante; corrió hacia él para abrazarle y de repente vio como unos hombres vestidos de paisano le cortaban el paso y esposaban a su padre. Luego supo que eran miembros de la Brigada Político-Social y acusaban a su progenitor de ser rojo. A partir de ese día su padre estuvo saliendo y entrando continuamente de la cárcel y él apenas supo de su existencia, tampoco olvidó nunca el dolor de ese día ni entendió el proceder de esos desalmados adultos que impidieron que abrazara a su padre y le abandonaron a su suerte en la estación de Atocha con apenas 13 años recién cumplidos.

Trabajosamente abandonó la estación de Atocha al cabo de unas horas, cuando se calmó un poco. Conocía al dedillo el barrio así es que enfiló la calle de Atocha hacia arriba y se encaminó a casa de su tía, en la suya no había nadie ni tenía llaves para entrar.

Su tía le recibió con mala cara, dijo que se tendría que apañar como pudiese y le preparó un camastro en un rincón del comedor, al rato sintió un beso en la espalda, se dio la vuelta y se encontró con su hermana pequeña a la que abrazó con ternura, estaba muy guapa y cambiada. Preguntó por su hermano y su otra hermana, nadie sabía nada de ellos. No les volvió a ver hasta muchos años después cuando ya era un hombre.

Trabajó duro y en muchos oficios, puesto que el taller perteneciente a su padre permanecía cerrado a cal y canto, hasta que terminó de camarero.

Aprendió a hacer cuentas de memoria, a convertir pesetas en reales a la velocidad del rayo.

En tiempos de la post guerra seguía escaseando el alimento en las ciudades así es que supo lo que era acostarse día tras día sin comer apenas y todas las noches sin cenar.

En el silencio de la noche oía pasos que trasegaban hacia la cocina y luego supo que su tía, el poco alimento que tenía, se lo daba a escondidas a su marido y sus hijos, pero nada a él y su hermana y eso que trabajaban de sol a sol, su hermana limpiando y él de camarero.

Un día cansado de esa falta de humanidad habló con tu tía y la dijo que: "O tenía todos los días un plato de comida en la mesa para su hermana y él o dejaban de entregar el salario y se marchaban". A partir de ese día comieron con la familia y la misma cantidad.

Con los años aprendió el significado de “paseíllo”, la mayoría de las veces debido a denuncias falsas movidas por la envidia y el rencor de infames parientes o amigos, dejó de ver vecinos o parroquianos de las tabernas donde trabajó.

Uno de los damnificados fue su padre. Nunca demostraron si era o no "rojo", pero cuando salía de la cárcel, cada día más deteriorado, volvían a encarcelarlo debido a una nueva denuncia. Su hermana y él sospechaban de un vecino de su antigua casa, que era sastre.

Ya de adulto sus sospechas se convirtieron en certeza, el vecino se quedó con la sastrería de su padre de manera fraudulenta. Nunca, ni él ni sus hermanos tuvieron oportunidad de reclamar lo que les pertenecía por derecho.

Supo lo que era adquirir alimentos de estraperlo y trabajó, trabajó incansablemente.

Tuvo noticias de sus hermanos, una trabajaba de doncella en una “buena casa” de Barcelona y otro como ayudante de electricista. No tuvieron muchas oportunidades de verse.

Se crió sin saber lo que era el amor fraternal y tampoco vio mucho a su padre, cuando salía de la cárcel se gastaba el poco dinero que ganaba de sastre y otros trabajos, en el juego. Cada vez se mermaba más físicamente, de hecho no recuperó nunca la salud, estuvo bastante enfermo hasta que murió.

Aprendió, no obstante, una lección que no olvidaría en su vida y era, que no había nada de cierto en la frase que le repetían una y otra vez en Algemesí como una letanía: “En esta tierra cuca, quien no trabaja, no manduca”, él trabajaba 18 horas diarias y sabía lo que era acostarse sin cenar y pasar días enteros con apenas un mendrugo de pan y por el contrario, muchos personas no trabajaban y no les faltaba el alimento en casa, así supo de las diferencias sociales, así supo de las mentiras y los engaños.

Nunca olvidó lo aprendido.

 

Nieves Angulo

 

 

En esta tierra cuca (I)

Traumas de los niños en la guerra PDF

Niños de la Guerra Civil Española

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En esta tierra cuca (I)

Publicado 04/11/2013

 

Nieves Angulo, nangulo.es, relatos, historia de españa, guerra civil española, algemesi valencia, valencia, campos de arroz valencia, naranjales valencia, cuentos, escritura creativa, madrid, estación de atocha madrid, memoria histórica.

 

Al estallar la Guerra Civil, como tantos otros niños, tuvo que abandonar los estudios. No es que les fuese mal en casa, su padre tenía un taller de sastrería y confección, pero ya empezaba a escasear la mano de obra, a los jóvenes les enviaban al frente y su padre tenía que estar todo el día en la calle buscando clientes y viajaba mucho; su madre había muerto unos años antes. También empezaban a faltar los víveres.

Vivir en una ciudad tenía su pro y su contra, la parte positiva era que todo estaba a mano. La desventaja, que nadie tenía huerta, ni tierras de cultivo, ni animales con los que alimentarse, trocar o vender. Para comer se acudía a las tiendas en busca de alimentos y éstos, como digo, empezaban a escasear, bien porque no había, bien porque los comerciantes con falta de escrúpulos se guardaban para estraperlear.

Durante unos meses estuvo ayudando en el taller de su progenitor en lo que podía y como su padre estaba ausente él y sus hermanos (dos niñas y otro niño) tuvieron que trasladarse a vivir a casa de una de sus tías y la familia de ésta. Era una casa grande pero aún así eran muchos de familia y estaban incómodos.

Una mañana, cuando apenas tenía 10 años, su tía le levantó temprano de la cama, le aseó y le puso en la mano una pequeña maleta, también le proporcionó un poco de pan con chocolate, él en ningún momento abrió la boca ya que una de las prohibiciones en casa de su tía era hablar mientras los demás dormían, había que respetar el sueño de los otros. Silenciosamente se dejó conducir escaleras abajo de la mano de su tía. En la calle había un enorme coche, un señor vestido de azul le cogió la maleta y le instó a subir al vehículo, el niño se volvió hacia su tía con los ojos llorosos y  preguntó qué pasaba, su tía le dio un abrazo y le dijo que iba a un sitio muy bonito y se verían muy pronto, la criatura se abrazó a las piernas de la mujer y dejó brotar las lágrimas libremente mientras preguntaba por sus hermanos. En vista de los gritos del niño el señor de azul le metió en el coche y arrancó velozmente, ya en el coche vio otros niños de su edad, todos sin excepción tenían una inmensa tristeza en sus caritas. Enseguida llegaron a la estación de Atocha y sin demora metieron a todos los niños en un vagón de 3ª con destino a Valencia. El niño no paró de llorar, no era el único, durante todo el viaje se preguntaba ¿por qué le separaron de sus hermanos, dónde estaba su padre? Solo sabía que iba con otros niños, quizá a un mismo destino.

Llegaron a la estación de Valencia donde les esperaban unos señores que les fueron nombrando y separando del grupo. A él y otro niño pelirrojo les montaron en un carro destartalado que olía muy mal, les llevaron por unos caminos polvorientos, era verano, hacía calor y él y su nuevo amigo seguían llorando, su destino, Algemesí.

Ya era muy tarde cuando llegaron a la Masía, una construcción típica por esos lugares, cansados, sucios, hambrientos (el pan y chocolate hacía horas que se había terminado) y tristes. Los recibió una mujer muy robusta que les condujo al interior de una pequeña vivienda, los aseó un poco y les dio un plato de arroz que los niños tomaron con avidez, después les condujo por unas empinadas escaleras hacia una especie de palomar donde había varios camastros de paja, al fin se fueron a dormir sin apenas intercambiar una palabra con la señora.

Al día siguiente muy temprano le levantaron, su amigo el pelirrojo no estaba allí, el día anterior por la noche fue la última vez que lo vio. La señora le dio una especie de mandilón a rayas que le tapaba todo el cuerpo y le dijo que le esperaba abajo para el desayuno. Desayunó en silencio un tazón de leche con pan y la mujer le presentó al resto de la familia, su marido, sus dos hijos, de su misma edad y los padres de la señora, le dijeron que el niño pelirrojo (nunca supo su nombre) estaba en otra Masía y después le explicaron que él iba a trabajar allí para ganarse el sustento, el anciano padre de ella habló por primera vez con una voz ronca pero agradable y sonriendo le dijo: “Muchacho, en esta tierra cuca, quien no trabaja, no manduca”. Esta frase la iba a oír a menudo y se iba a convertir en una especie de mantra para él.

 

Nieves Angulo

 

 

Enlace: Guerra civil española

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