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La luna y las estrellas

Publicado 24/07/2014

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Las olas nos mecían suavemente.

Me miró a los ojos y me dijo muy quedo: "Por ti me haría a la mar en el bigote de una gamba".

Qué chistoso, pensé.

Le sonreí y le dije que me apetecía bailar.

Me pidió excusas por no haber previsto eso, que sentía no tener  música a bordo.

No te preocupes, le dije, ya canto yo.

Nos incorporamos perezosamente, le tomé de la cintura y le conduje rítmicamente al son de una música que solo estaba en mi mente.

Poco a poco le fui acercando al borde de la lancha y cuando más enfrascado estaba siguiendo el ritmo, le empujé y le lancé al agua.

Desde el mar me gritaba y me decía que no le gustaban ese tipo de bromas.

Le miré y le contesté que nunca se debía decir nada que no se pudiese cumplir que no me gusta que me mientan y que lo que tenía que hacer era afanarse para  buscar una gamba y surcar los mares en su bigote para demostrarme su sinceridad.

Así el timón con fuerza, puse el motor en marcha y me dirigí hacia la costa.

Entre el ruido del oleaje seguía escuchando sus gritos.

Yo sabía que él nadaba estupendamente, pero como ya he dicho estábamos algo alejados de la costa.

Como soy buena por naturaleza di un giro y volví en su busca por dos motivos, no quería que me acusasen de homicidio y además la lancha era suya.

Paré el motor y le extendí un brazo para ayudarle a subir a bordo.

Estuvo enfurruñado un rato pero se le pasó cuando descorché una botella de su vino blanco preferido y nos tomamos unas cuantas copas con unos canapés.

El día fue transcurriendo apaciblemente pero yo notaba que este chico me aburría un poco.

Era guapo, sí, pero tengo una edad donde calibro bien las relaciones y sé que un buen físico no es suficiente.

Cayó la noche.

Me gusta el romanticismo, pero lo justo.

Creí que echaríamos el polvete del siglo siguiendo el movimiento de las olas, pero nada más lejos.

Se puso a mostrarme la luna, que sí, que estaba hermosa y en alta mar y sin luces a la vista se veía en todo su esplendor.

Yo buscaba su boca y él me fue nombrando las estrellas, las osas, la vía láctea, la madre que lo parió...

Llegamos al puerto a medianoche, yo estaba cansada y como ya dije un poco aburrida, el chaval me parecía cada vez más soso.

Era la quinta vez que le veía, al principio me gustó y me pareció interesante, hasta que ya no tuvo ningún misterio para mí.

Quedamos al día siguiente a las 12:00 de la mañana para tomar un aperitivo.

Aparecí con un telescopio y unos folletos sobre cursos de astronomía.

Él se quedó boquiabierto, no entendía nada.

Le expliqué que como había preferido mirar la luna en vez de mirarme los pechos, entendí que era un astrónomo frustrado y de ahí mi regalo.

Le sugerí que me invitase a una ración o dos de gambas, preferiblemente muertas, no fuera a ser que quisiese montar en el bigote de una y lanzarse a la luna cual cohete.

Esa fue mi despedida, le mandé con su señora madre por no decir un taco, que soy muy mía.

Me llama de vez en cuando, pero ahora estoy con Luis que folla como nadie y me hace ver las estrellas y la luna y destellos estelares,  pero de otro modo.

 

Nieves Angulo