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Mi regalo de cumpleaños

Publicado 02/05/2014

Nieves Angulo, nangulo.es, erotismo, cuentos eróticos, relato erótico, Cástor y Polux, sexo, amor, orgasmo, mujer.

Eran aproximadamente las doce de la mañana del sábado y día de mi cumpleaños para más inri, cuando salí de la ducha, había quedado con mis amigas para comer y pasar el día juntas.

Estaba eligiendo la ropa que me iba a poner cuando llamaron a la puerta ¡vaya fastidio! No pensaba abrir, no esperaba a nadie. Volvieron a llamar con insistencia, me eché una bata encima y miré por la mirilla, viendo a un chico bastante joven y guapo al otro lado de la puerta

- ¿Si? - pregunté, sin abrir.

- ¿Lara?

- Si - respondí.

- Le traemos un regalo de sus amigas Luisa e Isabel.

- Un momento por favor. Me precipité al teléfono que empezó a sonar en ese instante, era Isabel, me preguntó si había recibido el regalo, contesté que tenía a un mensajero en la puerta, oí su risa y me dijo: "realmente son dos mensajeros y tu regalo de cumpleaños durante las próximas cuatro horas, aprovéchalas" y colgó el teléfono. Solo acerté a contestar sois unas cabronas y sonriendo fui a quitar la cadena de la puerta para que entrasen los dos chavales, me empezaron a temblar las piernas solo de imaginar lo que podía ocurrir entre mis cuatro paredes.

Les indiqué con un gesto que tomaran asiento y se presentaron como Cástor y Pólux, qué original, pensé. Pólux llevaba en su mano derecha una caja mediana de herramientas. Cástor me tomó de la mano y me dijo que me tranquilizase que no harían nada que yo no deseara que hicieran y que el mejor modo de romper el hielo era preparar algo de beber, corrí a la cocina como alma que lleva el diablo a preparar tres vermús.

Mientras bebíamos me contaron que se conocían desde la infancia, que ambos estudiaban medicina y este trabajo les ayudaba a pagarse la carrera y vivir con cierta holgura y que cuando terminasen la misma dejarían esta profesión; yo por mi parte les comenté que el otro día cuando mis amigas me preguntaron qué quería de regalo, contesté: “echar un buen polvo”, que llevaba en dique seco desde que mi última relación se fuera a pique hacía unos meses.

Cástor me quitó la copa de la mano y me preguntó dónde estaba el dormitorio y hacia allí nos dirigimos los tres. Pólux entrelazó su mano con la mía y me dijo que me relajase, que les dejase hacer a ellos, que no me preocupase de nada, cuando le fui a responder me dio un beso en la boca que hizo que me temblase todo el cuerpo.

Ya en el dormitorio Cástor me instó a que desenvolviese mi regalo y riendo nerviosamente procedí a desnudarles, me tumbaron suavemente en la cama y mientras Cástor me quitaba la bata, Pólux abrió la caja de herramientas y extendió ante mí una ristra de preservativos de distintos colores, inmediatamente invadieron mis papilas olfativas unos deliciosos aromas, yo elegí los tonos naranjas, olían a mandarina, me puso un tanga (comestible) también naranja que olía de maravilla y sonriendo me dijo: “pues sabe mejor”, yo seguía riendo como una pobre imbécil. Pólux empezó a darme un masaje en los pies con un líquido ambarino mientras Cástor me acariciaba la nuca y la espalda, no puedo describir las sensaciones al notar cuatro manos recorriendo mi cuerpo. Uno de los dos me puso un antifaz de raso y al momento siguiente sentí un leve cosquilleo por el estómago, como si miles de plumas me acariciasen a la vez. Yo mientras tanto me dejaba hacer, estaba pasiva y sí, un tanto temblorosa. Pólux seguía entretenido y de los pies pasó a mis piernas y de ellas a la parte interior de mis muslos, ya para entonces yo movía frenéticamente mis caderas en busca de la penetración. Cástor siempre detrás de mí no paraba de besarme en la boca, haciendo que mi cabeza formara un ángulo imposible pero nada doloroso, acariciaba mis pechos jugueteando con los pezones, estaba excitadísima y pude comprobar que Cástor también ya que sentía su pene erecto en mi espalda. Mientras tanto Pólux ya había alcanzado mi vagina que clamaba una penetración por vía rápida, en la habitación solo se oían nuestros jadeos y algún que otro gritito de satisfacción por mi parte, era la mar de erótico. Al fin Pólux me penetró mientras sentía la mano de Cástor en mi clítoris y su boca en la mía, cuando abandonaba mi boca me lamía la oreja y me susurraba unas palabras que no llegaba a entender pero que me encendían.

En las cuatro horas siguientes y mientras yo permanecía con el antifaz puesto, me lamieron, estrujaron, succionaron, penetraron, besaron, acariciaron y recibí masajes por todo el cuerpo, descubrí que soy multiorgásmica y nunca he sido una mujer más feliz ni me he sentido más plena y relajada.

Estos recuerdos me acompañarán toda la vida, pero por si se me olvida algo, me he quedado con los números de teléfono de Cástor y Pólux.

¿Quién sabe cuando voy a necesitar otro regalo aunque no sea mi cumpleaños?

 

Nieves Angulo