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Cuentos VI

Publicado 30/08/2011

Nieves Angulo, nangulo.es, cuentos veraniegos, cuentos, piratas, filibusteros, navios, ficción, mares del sur, amor, pasión, post, muerte, vida, bucanero, mar.

Oigo pasos por la cubierta y voces apagadas.

Tenía que ocurrir tarde o temprano, aquí no me puedo quedar eternamente entre estas maromas, además casi agradezco que me descubran, son muchas horas aquí, me duele todo, tengo hambre y sed.

Me colé de polizón en un descuido mientras llevaban a cabo el saqueo del barco donde viajábamos mi padre y yo, al que por cierto han raptado para pedir un rescate y es por ello que me encuentro aquí, para poder liberar a mi progenitor, cueste lo que cueste y aunque me vaya la vida en ello.

Siento como apartan con brusquedad las cuerdas que me cubren y una fuerte mano tira de mis cabellos y por supuesto detrás de mi pelo voy yo gritando.

Son dos grumetes de poca monta que aspiran a un cargo mayor haciendo méritos y qué mayor mérito que encontrar a un polizón a bordo.

Por fin sueltan mis cabellos para sujetarme uno de los grumetes por una oreja llevándome casi a rastras por la cubierta del navío.

Me presentan ante el capitán de la nave, un pirata imponente con unos cabellos oscuros y ensortijados tan negros como los míos pero no tan largos.

Tiene unos felinos ojos verdes, piel morena y barba de varios días pero perfectamente recortada. Como ya he dicho es un hombre con un físico tremendo, alto y fuerte, con los músculos definidos a través de su parda vestimenta.

Mira hacia mí desde su altura, o sea hacia abajo, pues yo apenas mido 1'55 cm. Por mi parte doy unos pasos hacia atrás para poder mirarle sin tener que doblar excesivamente el cuello y terminar con dolor de cerviz, sostengo su mirada, no me amilano, no debo demostrar debilidad ante un simple filibustero por muy capitán que sea.

Lo primero que me pregunta es si tengo hambre a lo que respondo afirmativamente, ordena que me lleven a las dependencias que sirven de cocina y comedor y que me den algo sólido, que ya hablaremos más tarde. La marinería se alojaba bajo cubierta y allí es donde me conducen.

Una hora más tarde después de saciar el hambre y la sed me vuelven a llevar ante el capitán. Me tiemblan un poco las piernas, ¿notará que soy una mujer? Si me descubriesen no dudo por un momento que estos salvajes me violarían y me darían muerte, creo que llevo suficientemente apretado el corsé para disimular mis pechos; agradezco que mi padre insistiera en el disfraz masculino para no soliviantar a su tripulación durante la travesía, ya que, me puse pesada e insistí en acompañarle en este viaje que ha resultado de todo menos idílico y con este final, con el saqueo de la nave y posterior rapto de mi padre por parte de estos canallas.

De nuevo ante la presencia del filibustero, éste me explica que debido a su condición de pirata y fuera de la ley no me entregará a las autoridades pertinentes, pero que trabajaré para él gratis y sin derecho alguno a mi parte del botín en los saqueos que lleven a cabo.

Llevo varios días en el barco, ya sé dónde ocultan a mi padre y tengo un plan para su rescate y posterior huida.

He podido hacerme con una brújula y dispongo de una daga que siempre llevo conmigo, también he cortado la mayoría de los cabos que sujetan la barca en la que pienso escapar con mi padre.

Debido a que todos los días por la noche estoy un rato a solas con el capitán, dice que le hago reír, le he puesto la daga en el pecho y le he quitado el mosquete, sabe que con un disparo le puedo mandar al infierno, también le he extraído un saquito con monedas de oro, me vendrán bien cuando recupere la libertad. Le ordeno que no haga ni un solo movimiento que llame la atención de la tripulación y me lleve junto al preso, así lo hace y amparándonos en las sombras, es una noche sin luna y con la suerte de cara ya que hay poca tripulación despierta, llegamos junto a mi padre. Los tres nos dirigimos hasta la barca y ordeno al capitán que desate el último cabo y la lance al agua, seguidamente le hago saltar a él, luego salto yo y por último mi padre.

Remamos el capitán y yo incansablemente hasta alejarnos del barco que capitaneaba, mientras tanto mi padre apunta con el arma al capitán, más tarde mi padre me sustituye con los remos y cambiamos los papeles, ahora soy yo quien acogoto al capitán, sigue sonriendo de forma cínica y parece no cansarle en absoluto las horas que lleva remando.

Cuando ya no veo peligro ni rastro del barco pirata, lanzo al capitán al agua, espero que los tiburones den rápida cuenta de su cuerpo.

Dos horas más tarde y gracias a la brújula mi padre y yo avistamos tierra.

Ya en tierra firme mi padre me abraza y dice lo orgulloso que se siente de mí, yo por mi parte ya he perdido las ganas de acompañarle en ninguna travesía, seguiré con mis bordados y mi educación.

No siento ningún remordimiento por haber abandonado al filibustero del demonio en alta mar, aunque creo que me enamoré un poco de él.

 

Nieves Angulo

 

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